La guerra de los boliches tuvo en 1999 un punto de quiebre. El conflicto no enfrentó solamente a jóvenes y vecinos. También expuso una disputa más profunda entre la economía turística, el descanso residencial y la capacidad estatal para ordenar usos intensivos del suelo.
Ese año, el Código de Ordenamiento Urbano compilado en marzo incorporó modificaciones hasta la Ordenanza 2294/99. La norma trataba a los “clubes nocturnos-boliches o similares” con criterios restrictivos. Permitía salones de baile de hasta 250 metros cuadrados o su funcionamiento como complemento hotelero, sin acceso directo desde la vía pública.
La escala real de Ku chocaba con esa letra normativa. El boliche había nacido en 1992, cambió de dueños en 1995 y llegó a convocar cerca de 6.000 jóvenes por madrugada. Algunas reconstrucciones posteriores hablaron incluso de noches con hasta 8.000 concurrentes.
El quiebre de Ku
Ku no fue sólo un ícono del verano noventoso. Fue un caso testigo de incompatibilidad urbana. Funcionaba como una atracción autónoma, masiva y con llegada directa desde la ciudad. Además, generaba impacto sobre la calle, la playa, los accesos, el estacionamiento y los egresos.
Entre archivos digitales no se halló un expediente de habilitación, un decreto específico ni una ordenanza de excepción. Por eso, la continuidad del complejo sólo puede leerse como una inferencia fundada: posible excepción, reinterpretación normativa, tolerancia administrativa o regularizaciones sucesivas.

La noche se corrió
El problema reapareció con fuerza en 2004, cuando la prensa describió la avenida Del Libertador como una pasarela nocturna hacia Ku y El Alma. Allí circulaban jóvenes a pie, en moto y en autos. El conflicto ya no era sólo el volumen de la música. Era también tránsito, alcohol, playa, espacio público y convivencia.
En 2008, el municipio negoció la relocalización de Ku. También se detectó uso de espacio público sin canon y persistieron denuncias vecinales por ruidos y disturbios. Ese mismo año, el Caso Porretti mostró que la nocturnidad ya era una disputa de poder local.
Herencia territorial
Con el tiempo, la noche no desapareció. Se desplazó. Primero ganó peso el eje Bunge-Enrique Shaw, con locales como Pink, Pinta y La Luna. Luego, el frente marítimo tomó protagonismo mediante las Unidades Turísticas Fiscales, eventos nocturnos y formatos after-beach.
El Decreto 2991/2021 y la Ordenanza 6747/2024 formalizaron ese nuevo escenario. Exigieron controles, seguros, Bomberos, ambulancia, acústica y aprobación institucional. El conflicto cambió de forma, pero no de fondo: la pregunta sigue siendo dónde poner la noche, quién gana con esa ubicación y quién paga sus costos urbanos.



