En 1935, cuando la costa de Ostende era solo un desierto de dunas, Arturo Frondizi levantó con ayuda familiar una casilla prefabricada a mano. En el cruce de la actual calle Estocolmo y la costa, el joven abogado radical levantó esta arquitectura pionera de tan solo 30 metros cuadrados.
Aquel refugio cambió su destino tras el nacimiento de su única hija en agosto de 1937. La familia bautizó la vivienda como “La Elenita” y colgó en la entrada un salvavidas con el nombre escrito a mano. La propiedad, con una cocina, una habitación y un baño, funcionaba con piezas numeradas para su encastre.
Años más tarde, durante su presidencia entre 1958 y 1962, Frondizi rechazó las residencias oficiales para veranear entre los médanos. El mandatario caminaba en traje de baño por la orilla y atendía asuntos de Estado sobre una mesa de madera simple.
Un hito frente al progreso urbano
Construida sobre pilotes de pino adaptados al terreno, la estructura dejaba fluir el viento por debajo. Los materiales viajaban en tren desde Constitución hasta General Madariaga y llegaban a la playa en carros de bueyes.

En aquella época, la zona carecía de luz eléctrica, agua corriente y gas. Elena Faggionato, esposa del mandatario, recordaba que al principio “no había vecinos en kilómetros a la redonda”. La mujer destacaba la “oscuridad y silencio absolutos” de la costa.
Hoy el inmueble sobrevive como un “oasis de madera” frente al avance inmobiliario y la forestación de Bunge. Gracias al trabajo de Mercedes Faggionato, sobrina de aquella pareja, la propiedad funciona como paseo cultural y Monumento Histórico, exhibiendo objetos, fotos y escritos de la época.
Parte de la historia de Pinamar
Por la modesta casilla pasaron figuras políticas, intelectuales y economistas que moldearon el perfil del balneario. Aquellas reuniones estivales informales sentaron las bases del desarrollo de Pinamar.
“La Elenita” resguarda la memoria de una ciudad que creció de forma exponencial.



