El Hotel Atlantic Palace no nació para ser un edificio solitario. Debía anunciar una ciudad balnearia de lujo sobre la costa. Sin embargo, quedó como la señal más visible de una promesa interrumpida.
La historia comenzó antes de sus paredes. En 1913, una sociedad de capital belga fundó Ostende con un plan ambicioso: muelle, rambla, hotel y una urbanización moderna frente al mar. La Primera Guerra Mundial, el regreso de colonos a Bélgica y los médanos frenaron el impulso.
Años después, el sueño volvió con otro nombre. Entre 1927 y 1928, los arquitectos Eduardo Sauze y Augusto Huguier impulsaron Atlantic City. El balneario-jardín buscó transformar el hemiciclo costero de Ostende en un centro turístico de lujo.
Una ciudad imaginada
El Atlantic Palace debía ser una pieza central. El plan incluía casino, club, piscinas, deportes, muelle de pesca, yates, golf, tenis, cine y conciertos. No era un alojamiento aislado. La iniciativa proponía una nueva escala para la costa argentina de fines de los años veinte.

La obra comenzó en 1928, bajo la dirección de Huguier. El edificio, de estilo ecléctico francés, se levantó en Mar de Ostende, en Nuestras Malvinas y Mitre. Pero solo se construyó una parte mínima. Algunas versiones hablaron de una catorceava parte; otras, de una onceava o cerca del 10%.
Lo que sobrevivió
Los problemas para construir sobre médanos sin fijar, la falta de infraestructura y la crisis económica y política de 1930 frenaron las inversiones. El proyecto perdió respaldo y no continuó. Así, mientras la ciudad imaginada quedó reducida a planos y expectativas, el edificio permaneció como marca de aquel final.
Con el tiempo, el inmueble tuvo otros usos. Funcionó como hotel y en los años cuarenta quedó ligado a Herman Parini, uno de los pioneros de la zona. Más adelante pasó por distintos propietarios hasta quedar asociado a la Asociación Argentina de Albergues Juveniles. Hoy se conoce como Albergue de la Juventud Bruno Valente o hostel juvenil.
Los relatos de fantasmas y ruidos extraños crecieron alrededor de sus muros. Forman parte del folklore local, aunque no están comprobados. Su misterio es otro: el Atlantic Palace no está abandonado, pero conserva la memoria de una ciudad que quiso ser enorme y nunca llegó a existir.



