Antes de ser balneario, Pinamar fue parte de una historia de campos, herencias y tragedias. El territorio donde hoy se asienta integró en el siglo XIX los “Montes Grandes de Juancho”, una vasta propiedad rural del Tuyú vinculada a la familia Álzaga-Guerrero. Décadas después, sobre esa base patrimonial, surgieron emprendimientos decisivos para la costa atlántica bonaerense.
Ese pasado gana fuerza narrativa por un nombre propio: Felicitas Guerrero. Su vida quedó marcada por pérdidas sucesivas y por un crimen que conmocionó a la alta sociedad porteña. Pero aquel episodio no solo dejó una huella humana. También alteró la línea sucesoria de una fortuna que incluía extensas tierras costeras.
En ese punto aparece una clave para entender el origen territorial de la región. La muerte de Felicitas no fundó Pinamar de manera directa, pero sí modificó la estructura patrimonial sobre la que más tarde avanzaron nuevos proyectos sobre la costa y los médanos.
Un campo antes del balneario
En el siglo XIX, la zona donde hoy se extiende parte del Partido de Pinamar y sectores del actual General Madariaga formó parte de una enorme fracción de campo del sudeste bonaerense. Ese espacio aparecía identificado como “Montes Grandes” o “Montes Grandes de Juancho”.
Era una geografía de gran escala. Había médanos, bajos, lagunas y montes nativos. La costa no tenía todavía un perfil urbano ni turístico. Era, ante todo, el fondo de grandes campos. Dentro de ese bloque territorial, de unas 70 mil hectáreas, quedaron vinculadas fracciones como “Laguna de Juancho” y “Manantiales”.

La tragedia y la sucesión
La historia patrimonial se precisó con Martín de Álzaga y Felicitas Guerrero. Se casaron en 1864, cuando ella tenía 18 años. El matrimonio atravesó un fuerte dolor: tuvieron dos hijos, pero ambos murieron siendo muy pequeños. Luego murió Álzaga, en 1870.
Antes de morir, dejó asentado en su testamento y en un codicilo que Felicitas quedaba como única y universal heredera. Así, con apenas 24 años, pasó a concentrar una fortuna enorme. Sin embargo, la línea sucesoria volvió a cambiar poco después. Felicitas fue atacada y murió el 30 de enero de 1872, en un crimen atribuido a Enrique Ocampo.
Como murió sin descendencia, la herencia pasó primero a sus padres. Más tarde, ese patrimonio se distribuyó entre sus hermanos. Entre ellos apareció Manuel Guerrero, figura central en la transmisión de las tierras de Juancho.

La fragmentación del mapa
Tras esa sucesión, el gran campo comenzó a fragmentarse. Entre las fracciones familiares aparecieron La Invernada, Martín García, Las Lomas, Manantiales, Dos Montes y El Rosario. En esa cadena, Manuel Guerrero quedó ligado a varias de esas tierras, especialmente en la zona de Juancho.
Ese reparto fue decisivo. Primero estuvo la gran estancia rural. Después llegó la herencia. Luego, la subdivisión. Sobre esa trama patrimonial, décadas más tarde, surgieron Ostende en 1909, la forestación que dio origen a Cariló desde 1918 y, finalmente, Pinamar, inaugurado como balneario en 1943.
Del campo al paisaje urbano
La transformación no fue solo dominial. También fue territorial. Estas tierras no estaban listas para una ciudad costera. Eran médanos móviles, campos duros y zonas de lagunas. La urbanización solo fue posible cuando comenzó la fijación de dunas y la forestación.
Por eso, la historia de Felicitas Guerrero y la historia de Pinamar se tocan en un punto silencioso pero decisivo. La tragedia reordenó una herencia. Y esa herencia, con el paso del tiempo, quedó debajo del mapa que después dio forma a una parte central de la costa bonaerense.



