A 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, Pinamar también ofrece una huella propia para pensar la última dictadura. Aunque no tuvo un centro represivo en su territorio, sus playas quedaron ligadas a uno de los episodios más brutales del terrorismo de Estado: la aparición de cuerpos arrojados al mar en los vuelos de la muerte.
En aquellos años, la localidad tenía baja densidad poblacional, perfil turístico y escasa visibilidad política en comparación con otros centros urbanos. Muchos residentes de esa época recuerdan la dictadura como algo que parecía ocurrir lejos. Sin embargo, el hallazgo de cadáveres en la costa rompió esa percepción y dejó una evidencia material del horror.
La escena resultó todavía más elocuente por el contexto. En 1978, la dictadura impulsó la creación administrativa del Partido de Pinamar. Mientras el régimen reorganizaba el territorio, el mar devolvía en estas playas rastros concretos de su maquinaria de exterminio.
Los cuerpos que devolvió el mar
Entre el 16 y el 20 de diciembre de 1978 aparecieron 14 cuerpos en distintas playas de la costa bonaerense. Las investigaciones posteriores ubicaron hallazgos en Pinamar, Villa Gesell y localidades del Partido de La Costa. Luego, esos restos fueron enterrados como NN, sin una pesquisa real sobre lo sucedido.

Para Pinamar, la reconstrucción más repetida indica que entre el 16 y el 17 de diciembre de 1978 aparecieron tres cuerpos, después inhumados en el cementerio de General Madariaga. Las fuentes vincularon esos hallazgos con Helios Hermógenes Serra Silvera, Jesús Pedro Peña y una mujer cuya identidad no pudo establecerse con certeza en las fuentes públicas consultadas.
La marca local del terrorismo
Las fuentes judiciales y periodísticas enlazaron esos casos con personas secuestradas en el circuito ABO —Atlético, Banco, Olimpo—. Además, el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó restos de víctimas del conjunto hallado en la costa, entre ellos los de Serra Silvera y Peña, localizados en General Madariaga.
Los expedientes también señalaron un dato estremecedor: los cuerpos aparecieron desnudos, con las manos atadas, algunos con heridas de bala y con signos compatibles con torturas y con el impacto de haber sido arrojados desde gran altura. El horror, además, no terminó allí. La Justicia avanzó sobre el encubrimiento posterior y puso el foco en funcionarios, policías y actores estatales que contribuyeron a ocultar la prueba.
En Pinamar, esa fue una de las formas más visibles que asumió la dictadura: el mar como testigo y las playas como escenario de una verdad imposible de borrar.



